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    De experiencias y realidades

    A veces es mejor que no te quieran, a que te quieran mal. A veces, las personas que más deberían conocerte, aceptarte y quererte, no están de acuerdo con lo que tú eres.

    Creo que hay una gran línea gruesa, un muro casi, entre nuestras experiencias y la realidad. Entre lo que tú ves, lo que otros ven, y lo que es.

    Dejar que el resultado de las experiencias de otro defina tu realidad es lo peor que podrías hacer. Incluso si viene de la gente que más debería quererte, o conocerte. No saber discernir entre lo que tú eres y lo que otros creen que eres, también es un error que te hará esclavo de las opiniones de terceros. Porque si no construyes tu base, otros lo harán por ti, a su conveniencia y para su propio interés. 

  • Notas

    El principio del fin

    He empezado este post siete veces, sino más. No sé qué esperar de mi primer “artículo” tras tan prolongado silencio. Hace tanto que no escribo en mi propio idioma, que quizás ésa haya sido una de las razones por las que la inspiración rompió conmigo, y se fue.

    Han sido un par de años muy intensos de altibajos extremos en los que lo bueno era extremadamente satisfactorio, y lo malo era el infierno en la tierra. Supongo que nada que otras vidas no hayan vivido o estén padeciendo en estos momentos. Pero aquí estoy, sin saber a ciencia cierta qué esperar de todo esto, y sin saber realmente por dónde empezar. Porque tengo muchas cosas que contar.

    Mi madre siempre me ha dicho, y me recuerda de vez en cuándo, que lo privado tengo que mantenerlo de puertas para adentro. Que nadie tiene por qué saber qué se cuece en mi mente, cómo se siente mi corazón, o qué tengo pensado hacer con todas estas preguntas que aún la vida no ha sabido responder.

    Pero es que yo no sé funcionar de otra manera. No puedo escribir palabras vacías, no puedo separarme de las letras. Yo soy esto, lo que escribo, lo que respiro cada día, lo que siento cada día. Partiendo de la base de que aquí no hay secretos, empecemos por el principio.

    No recuerdo exactamente por qué deje de escribir. Sé que la inspiración se marchó en algún momento allá por 2017. Creo que nunca he contado la historia de cómo dejé todo atrás, y me vine a Edimburgo un 4 de Septiembre de 2015. Con dos maletas, ahorros que me mantendrían a flote dos meses y medio, y mucho miedo, dejé todo lo que me hizo ser yo, y aterricé en un mundo completamente diferente, en el que el dialecto en sí no es el más sencillo de entender. Pero qué iba a saber yo. Tampoco consideré el mal tiempo, o la limitada oferta gastronómica cuando compré el billete de ida, y anuncié en casa y oficina que me iba, sin saber cuándo volver, o si iba a volver siquiera.

    Aún recuerdo lo asustada que estaba. En el aeropuerto, a punto de embarcar, llamé a mi mejor amiga casi llorando, en pleno ataque de pánico y con un nudo en el estómago tan común en aquellos que jamás habían abandonado el nido, o su zona de confort.

    Ella no lo sabía, ¿cómo iba a saberlo? Pero me dijo exactamente lo que necesitaba oír. Que todo saldría bien. Ahora que me paro a pensarlo, tras casi cuatro años en Escocia, puede que sí, puede que ella lo hubiera sabido desde el principio. Bastaba oírme hablar de todo lo que haría en cuanto llegara a Edimburgo.

    Siento que mi vida aquí está llegando a su fin, justo cuando creí que había logrado todo cuanto quería.

    Empecé en un hostel, compartiendo cuarto con 11 personas más, duchándome a oscuras cuando tenía que lavarme el pelo porque la luz del baño duraba lo justo, cediendo mi espacio personal a cambio de no sentirme sola en un país que no era el mío.

    Después me mudé a una casa en una de las zonas menos agradables de Edinburgh. Compartí piso con una chica polaca durante tres meses. Fue un cambio tan grande para mí, pasar de vivir durante 25 años en la casa de mis padres, a estar 10 días en un hostel sin privacidad alguna, a compartir piso por primera vez. Podría decirse que Polonia y yo dormíamos en el suelo porque no teníamos camas. Tan solo un colchón separaba nuestros cuerpos de la moqueta (están obsesionados con las moquetas en el Reino Unido)

    Creo que fueron los tres meses más duros de mi vida, mi primer invierno en Escocia. Por mucho que te lo cuenten, la realidad siempre te pilla desprevenido. Jamás me habría imaginado que compartiría piso con una chica que resultó ser bulímica. Y conforme pasaban los días, y mi afecto por Polonia crecía, también lo hacía mi impotencia de no poder ayudarla, sabiendo que se estaba destruyendo un poquito cada día delante de mis narices. No, la vida no me preparó para nada de aquello. Nadie me avisó de que la calefacción, e incluso la comida, serían bienes de lujo.

    Afortunadamente, encontré este trabajo increíble al poco de llegar. Y aún sigo en la misma empresa. Son como una familia para mí.

    Tras empezar a trabajar en esta empresa, ella decidió mudarse sola, para librarme de su “enfermedad”, y yo pasé de compartir casa con una persona, a vivir con dos personas más.

    Me mudé a un piso más caliente, más vivaz, y definitivamente más ruidoso. Una chica de Nueva Zelanda, y un chico de Serbia. Todavía recuerdo la primera noche que conocí a Nueva Zelanda. Ella estaba en la cocina, preparándose la cena. Me vio entrar, se giró y me dio un gran abrazo sin pensárselo dos veces. Para mi sorpresa, me quedé inmóvil, petrificada, no sé si porque me sentía invadida, o porque no me lo esperaba.

    Nueva Zelanda resultó ser mi alma gemela. Alguien que trae luz, color y comprensión a mi vida. Creo que el primer palo me lo llevé cuando me dijo que se iba.

    Se mudó un año después, y Japón ocupó su lugar. Quizás sepas de quién estoy hablando. Es esa chica japonesa que de vez en cuando se pasa por mi Instagram. Tiene gracia, porque después de Nueva Zelanda. yo ya no quería más despedidas. No quería decir adiós, no quería encariñarme si nadie me garantizaba un contrato de permanencia. Pero no se pueden poner diques al mar, como decía Antonio Resines.

    Japón acabó convirtiéndose en mi conciencia, en mi remanso de paz, mi refugio. Lo fue todo para mí durante casi dos años viviendo juntas, primero junto con Serbia, y después las dos solas. Aún hoy sigue siendo una de las personas más importantes de mi vida.

    Lo cierto es que nos fuimos de aquella casa porque Serbia me echó. Bueno, me pidió amablemente que me buscara otro sitio donde vivir, porque me había convertido en un problema para él, y para todos los rollos de una noche que se traía a casa. Digamos que me cansé de compartir la casa, mi privacidad y mis cosas con desconocidas. Y él se cansó de mí.

    Finalmente, tras el hostel, y la experience de compartir piso, vino mi independencia. Un 15 de marzo del 2018 me mudé a un piso sola, en pleno centro de la ciudad, a 7 minutos andando del gimnasio y del cine, a 13 minutos andando de mi oficina. A 18 minutos andando del castillo de Edinburgh.

    Podría decirse que pasé por todas las fases y ya había logrado lo que siempre había querido. Es un apartamento de una habitación en un tercer piso, y no podría estar más a gusto. Tuve que mudarme sola para conseguir una tele. Y ahora que veo Netflix en una gran pantalla, me pregunto cómo pude apañarme estos tres últimos años sin ella.

    Cuando mis amigos me dicen lo bien que vivo, que viajo de aquí para allí, que estoy viviendo el sueño..no se imaginan la de cosas por las que he tenido que pasar para llegar a dónde estoy. Por eso creo que es importante dejarlo escrito. No tanto para ellos, sino para mí, para recordarme que todo esto pasó de verdad. Que fui lo suficientemente valiente como para volar del nido saltar al océano sin salvavidas y aprender a nadar entre el oleaje.

    Es curioso, pero las personas que he conocido al alojarme en hostels (en Edinburgh, Dublin, Galway, Killarney, Cork, Copenhague, Belfast… todas han acabado siendo parte de mi vida, y aún mantengo el contacto con la mayoría de ellos. Es increíble lo poco que necesitas para conectar con gente que está en la misma situación que tú. A veces, con el entendimiento y un par de horas basta para forjar una amistad que aunque no puedas usarla, siempre está ahí, para ti.

    Me vienen tantos recuerdos a la mente, de todos los viajes que he hecho hasta ahora, y de todas las vivencias que he pasado en estos cuatro años, que no sé qué hacer con todos ellos. Se me desbordan. Tiene gracia, tantos meses sin saber qué decir, y ahora no puedo parar de escribir.

    Ahora que Juego de Tronos ha vuelto, el primer recuerdo que me viene a la cabeza es la habitación del hostel de Cork. Un desconocido al que nunca más volví a ver, y yo, nos pusimos a ver el último episodio de Juego de Tronos juntos, desde su iPad.

    Las despedidas no son mi fuerte. Tengo un problema, y es que busco seguridad en todo lo que hago. Me construyo minúsculas zonas de confort a cada paso que doy para poder seguir caminando. Y ello implica dejar una pequeña parte de mí en cada una de ellas. Porque no sé decir adiós. No sé dejar ir sin que pierda una parte de mí durante el proceso. No sé mantenerme entera.

    Va ser muy duro para mí tener que decir adiós a lo que hasta ahora ha supuesto para mí todo mi mundo, mi familia, mis amigos, mis pilares emocionales. Pero creo que ha llegado la hora de encontrar mi propio camino.

    Me ha costado mucho tiempo y esfuerzo crear esta comunidad a mi alrededor, porque no es fácil hacerse hueco en una cultura tan diferente a la tuya, y buscarte un sitio en vidas que ya tienen todas las vacantes ocupadas.

    Lo cierto es que si no me he ido de aquí aún es porque no sé cómo despedirme de todas las caras que veo cada día. Caras que nadie me garantiza volver a ver en un futuro. Podría pasarme horas escribiendo sobre todas las personas maravillosas que he conocido durante estos cuatro años, las lecciones que he aprendido, las vivencias que me han marcado, los altibajos entre sonrisas y psicólogos, noches inolvidables y días que daría lo que fuera por borrar de mi mente. Pero lo dejaré para más adelante. Espero que éste no sea el último post que escribo en meses.

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