summer
Archivo,  Introspección

Agosto 2013

Empieza mi mes. Y al mirar atrás solo puedo sonreír. Todo mi verano se ha concentrado en Agosto. Un mes. Y han bastado cuatro semanas para vivir experiencias inolvidables y volver con la cabeza bien alta. Hoy es mi último día de libre albedrío, pero ya es septiembre. Una contradicción que no podría considerarla salvo como un favor personal.

Sino, no habría tenido tiempo para ésto. Un verano lleno de locuras, de viajes a una isla paradisíaca, y a un país de verde oxígeno. Mi cámara y yo empezamos a conocernos, tuvimos nuestros primeros roces, y ahora más o menos podemos soportarnos.

Submarinismo bajo el mar con una amiga, diecisiete películas vistas en dos semanas (que se dice pronto) cuatro libros maravillosos, y olor a crema solar. Si echo la mirada hacia atrás, diré que mi verano empezó el día en que me compré «Juntos, nada más». Con Camille comencé mi etapa estival. Después, La familia feliz de David Safier me ayudó a no dormirme durante el trayecto Linz – Frankfurt. Más adelante, Louisa y Will me acompañaron durante mi vuelo a esa fantástica isla de lava y playa. Pero Ray Bradbury fue el colofón final a unas noches llenas de fantasía, de magia, y de amor. Mucho amor. Sus poemas se clavaban en mí, y aún los guardo a buen recaudo. Me siento liviana, a pesar de haber devorado películas, novelas y poesía. De la música ni hablemos. Un total de nueve canciones desconocidas, doce frases célebres que han quedado plasmadas para la posteridad, una conversación nocturna propia del siglo XIX, nuevos horizontes, nuevos libros que leer (más de diez)

Todo podría resumirse en números. El dos, el siete, el quince. El treinta y uno. Hoy, uno de septiembre. El sol me ha acompañado durante tres semanas y dos días. El resto se lo dejo a las nubes y su encaprichamiento por envolver de cielo toda nuestra tierra. Animales salvajes, orcas, delfines, pingüinos, un inmenso coral de colores a merced de mi objetivo; mañanas dedicadas a los rayos solares, al deporte por excelencia en mi vida, All Bran con leche semidesnatada, y no olvidemos las galletas Dinosaurus. Las Oreo han sido mi perdición durante una semana y media. Y las cucarachas en miniatura me han supuesto un entretenimiento, también nocturno, que bien podría haberme ahorrado.

Mis huellas por la arena de la playa, esas olas gigantes que parecían querer desnudarme a conciencia, el frío del mar traspasando fronteras dérmicas, el cosquilleo del sol cuando las gotas parecen evaporarse de mi cuerpo. Días marcados por el idioma. Un martes inglés, miércoles alemán, jueves germanoespañol. Qué recuerdos. Helados de la heladería que mejor nos entiende: La Golosa. No apto para agrios.

Paseos marítimos al atardecer, el sonido del mar, el viento despeinándome las dudas, esos castillos de arena que forman parte de la mejor clase de arte efímero, compras, rebajas, un probador curioso, cenas con amistades, ensaladas multicolores, y tapones para dormir. El segundero del reloj del salón, la nevera con la puerta rota, el balcón, la música del restaurante de enfrente, noches compartidas por el cine, momentos cómplices, y recuerdos junto a ti. Te he sentido más cerca de lo que crees.

Pero con todo, con lo bueno y con lo malo, ha sido un verano fantástico.

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Mi CV dice de mí que voy de SEO con título en PPC y me va el SMO. Qué locura. Los desconocidos dicen de mí que rubia lista en mano es tan poco habitual que se dejan encandilar. Yo digo que Jekyll&Hyde y aquí no ha pasado nada.

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