cuando paras de contar
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Animales nocturnos

Me he olvidado los cascos en casa. Y me doy cuenta ahora, que sé que me espera una hora de camino de vuelta. Con -2 grados. Bueno, podría ser peor. Podría ser aquella chica apoyada en una esquina, tratando de no mancharse el vestido mientras vomita su penitencia. Andando el frío se nota menos. O eso me repito a cada paso. Pero es la humedad la que se cuela entre tu ropa y se queda. No me queda más remedio que cubrirme la boca con la ridícula bufanda de colores.

A lo lejos oigo español. Otra vez. Es la tercera vez que me encuentro con piezas de España por el camino. Míralos. No tienen ni idea de que winter is coming. Yo tampoco lo tendría, si no llevara solo una botella de agua encima. Y está bien, porque nadie nota la diferencia. Nada más conocerme, creen que es un gesto pretencioso para mostrar superioridad. Miradme, no bebo alcohol. Solo agua. Pero cuando me conocen se dan cuenta de que no necesito estar borracha para cometer locuras aún mayores que las suyas.

Un chico me pregunta que si sé dónde queda el Casino. Más que preguntar me arroja las palabras en toda la cara. Ni idea, le contesto. Me adelanta mientras fuma su cigarrillo de vapor. Un tono más amable no habría estado de más.

En mi cabeza suena Nuclear Seasons.

Vuelve. Ahora está andando a mi lado y temo que empiece a hablarme. Suerte la mía. Me pregunta que si soy diseñadora de moda. Le gusta mi estilo. Que soy «very nice». Debe tener buena vista porque entre el gorro y la bufanda de colores solo se me ven los ojos. Que si he tenido buena noche. Que si me gusta el fútbol. Que si vive con un portugués que es buena gente pero un desordenado de narices. Que si lleva solo un mes en Edinburgh y se ha quedado sin trabajo. Que dónde he aprendido a hablar tan bien inglés. Que si conduzco. Que si comparto piso. Que hace frío y no le gusta. Por eso se encierra en el gimnasio, dice. Que cuántos idiomas hablo. Esta calle es interminable y no hay manera de que preste atención a mi falta de interés. Como siga así, va a saber toda mi vida antes de llegar al jodido casino. Que si me gustaría ir a tomar algo algún día. No, gracias, quizás en otra ocasión.

Le dejo atrás, para mi suerte, pero al cabo de un rato reaparece para preguntarme que a qué me refiero con eso. A estas alturas ya no sé si reírme, llorar o salir corriendo. Le digo que no significa no. Se va y no vuelve. Me giro al cabo de cinco minutos para cerciorarme. Ha desaparecido. Al fin.

Empieza a hacer frío. Esta noche los animales nocturnos tenemos una misión en común: llegar enteros del punto A al punto B. Con la gruesa capa de hielo que cubre las calles, cualquiera intenta hacerse el sobrio con el cemento. Y los borrachos parecen bolas de pinball, zigzagueando para no chocarse entre ellos. Un señor casi se choca conmigo, le sonrío y me pregunta que si me puede hacer una pregunta. Un poco tarde para éso, pienso para mí. Pero sí, venga. Dispara. Que qué opino de mezclar curry con macarrones con queso. Que si suena a mal. Pff..difícil pregunta. Le digo que suena a peligroso. Me dice que lo probó una vez y no se acuerda. Le digo que es arriesgado pero que debería probarlo de nuevo. Buena respuesta, me responde. Y se va con una sonrisa. Y así.

La de cosas que pasan cuando paras de contar. Al final el camino a casa ha sido más entretenido que la noche en sí. Y todo porque me he olvidado los cascos.

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Mi CV dice de mí que voy de SEO con título en PPC y me va el SMO. Qué locura. Los desconocidos dicen de mí que rubia lista en mano es tan poco habitual que se dejan encandilar. Yo digo que Jekyll&Hyde y aquí no ha pasado nada.

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