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Cinco de la mañana

Faltan 12 minutos para las cinco de la mañana. Yo me congelo los dedos escribiendo esto mientras vuelvo a casa; tú sigues de fiesta, dándolo todo. Él, mejor de él ni hablemos. Nosotras hemos sido las reinas de la noche, aunque nos hayan arrebatado una hora gratuitamente. Vosotros os mantuvisteis fieles en vuestras trincheras, esperando cual buitres un trozo de carne. Ellos no entendían por qué este frío en primavera.

Andar por las calles de Madrid de madrugada, gente corriendo porque pierde el bus. Como quien pierde la oportunidad de su vida y no quedaran taxis que pudieran enmendarlo.

Cruzarme con semáforos verdes que me permiten alargar mi ensoñación postborrachera preresaca. Sé que tengo sueño, que estoy cansada, que mataría por un baño público con papel y que la espera hasta que llegue el bus será..diferente sin mensajes de voz. También sé que las noches con lluvia regalan espacio en los bares. Y sabe mejor.

Qué pocas cosas conozco, qué poco he experimentado y…qué frío, coño. Esta primavera no se aclara, a juego con mi mente, absurdo mecanismo que le suma gotas a todo sol invernal que se acerca. Las farolas de Moncloa me dan la bienvenida, y este paseo por Madrid trasnochador se traduce en quince minutos de espera.

Esperar, si pudiera sumar todos los minutos que he gastado en esta parada, podría haber creado más historias con árboles de colores, ramas camaleónicas, más «no te duermas aún» y más estornudos innecesarios. Me quedo con este vaho presente, con Imagine Dragons de fondo, botas nuevas, pantalones a prueba de cerveza, gorra antigoteos y sonrisa a prueba de decepciones.

Que me faltan pañuelos, ganas, sueño, calma. Pero me sobran planes. Y gracias a ellos, sonrío. Gracias a ellos sigo formando parte de la ecuación, y mi variable no se irá a ninguna parte. Pensar en lo que fue solo hace que el viento se cuele por este cuello desnudo. Inclinarme, pensativa y semimelancólica solo cambia mi postura y me congela.

Me congela a cada segundo.

Que antes quería al parasimpático y ahora apenas nos saludamos al cruzarnos. El árbol de la satisfacción victoriosa es menos porque no hay ganas de cometer locuras. La vieja pared, oculta a ojos taciturnos, ya no me dice nada salvo un bostezo que está a punto de salir.

Y hacía tanto que no salía que me había olvidado de lo que era estar rodeada de desconocidos, vistiéndome de quien yo quisiera ser, presumiendo de reina, princesa y emperatriz, rechazando copas y capos de una mafia llamada interés.

Beberme hasta las copas de los árboles, cultivadas con abono propio, compartidas con interés común.
Qué diferente es Madrid por la noche. No sé si todos los gatos serán pardos pero agradezco salir con cabeza y planear mi regreso antes de cruzar la puerta. Planear la vuelta antes de la ida. Abrigarme antes de que me golpee el frío. Tiritas que no curan pero sí protegen. Joder, qué frío hace.
Como siempre, los guantes que no cupieron en diciembre menos cabida tienen en primavera.

Pero mi estufa..ah. Ésa no se libra de mí. Faltan 7 minutos para las cinco de la mañana y mi boca a vodka quiere pavo y pizza y un beso que invente milagros.

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Mi CV dice de mí que voy de SEO con título en PPC y me va el SMO. Qué locura. Los desconocidos dicen de mí que rubia lista en mano es tan poco habitual que se dejan encandilar. Yo digo que Jekyll&Hyde y aquí no ha pasado nada.

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