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Clichés y Trenes

A ver cómo te lo explico. Vivimos rodeados de clichés, porque así la vida parece digerirse mejor. Cuando se trata de tomar decisiones, está muy claro: «no pierdas el tren» Cuando vamos al terreno sentimental, hay otros tantos que nos acompañan. Hombres (y mujeres) por ejemplo, tratan de reducir el dolor de las rupturas usando clichés y expresiones comunes como «no eres tú, soy yo», solo porque piensan que así nos romperemos menos. Y están equivocados. Pero hay algo de verdad en sus palabras. En serio. En realidad, son ellos, y no yo. Porque, ¿quién decidió alejarse de tu vida? Él, no tú. Piénsalo detenidamente.

Todos los clichés que conviven con nosotros cada día hacen de la vida algo menos incierto, como un aviso para estar preparados para lo peor que esté por llegar. Mucha gente tiene la gran suerte de enfrentarse únicamente a tres o cuatro «malos» mientras viven. Pero a otros les toca superar el «gran peor«. Ése, de no ser neutralizado a tiempo, podría acompañarte el resto de tu vida como un trauma, una herida abierta o un recuerdo mal procesado.

Cada una de nuestras heridas viene con su traumatismo. Desde la más inocente hasta la catástrofe más grandiosa. De hecho, «traumatismo» se define como cualquier tipo de herida del cuerpo. Pero, suerte para nosotros, el tiempo lo cura todo, aunque llueva. Ahí va otro cliché.

«El mundo se ha hecho pedazos y todos tenemos el deber de encontrarlos
y ponerlos en su sitio.»

Es una frase del judaísmo. Lo llaman «Tikun Olam» Yo tengo mi propia interpretación y creo que nosotros somos los pedazos. Si no encajamos entre nosotros, tenemos que seguir buscándonos hasta que encontremos la unión perfecta. Sin peros, sin dramas, sin juegos emocionales.

«Este año me crucé con mi estrella. Mi Supernova. La razón por la que el fuego quema, y el hielo congela. La esencia de la belleza. Y traía consigo un mapa con todas las constelaciones que yo necesitaba visitar. De ellas hice mi casa. Y de ella, mi vida.»

No dejan de repetirnos otros clichés como que las cosas malas le suceden a las buenas personas. Que lo que no te mata te hace más fuerte. Que el mundo es injusto y que muchas veces sufre el que menos lo merece. Bueno, es más fácil advertirte sobre algo generalizado y dejarlo ahí, antes que profundizar y darte las claves para sobrevivir. Yo prefiero que me cuenten cómo curarme, cómo levantarme o cómo hacer que merezca la pena. Porque lo malo ya lo tengo bien aprendido. Y cruzar los dedos para que, cuando me toque el «gran mal» (si me toca) esté a la altura de las circunstancias.

La vida es como viajar en el metro. Cuando lo utilizas todos los días, sabes dónde empieza y dónde acaba. Y todos los que compartimos vagón cada día tenemos por última parada nuestro destino, aunque no queramos, no lo esperemos o se nos escape del presupuesto (por eso de estar en zona B, y a veces C, si me apuras)

Paso el tiempo buscando hueco para sentarme
y cuando no encajo me conformo con mantenerme sobre mis pies. Y ellos tan útiles.

Que sí, que ir sobre un vagón no es fácil. A veces te tambaleas y no tienes barra a la que agarrarte. Otro cliché, pero es así. Caes, te levantas y la estación en curva te zarandea. Pero quien avisa no es traidor. Y de alguna forma encontrarás la manera de mantenerte en pie.

El tren, como la vida, cumplirá con su itinerario, te pongas como te pongas, lo cojas o lo pierdas. Y cuando te bajes, todo seguirá su curso, como si nunca hubieras subido. Pero tranquilo, que mañana es otro día. Nunca sabes quién se sentará a tu lado, o si te acompañará durante todo tu trayecto o se bajará antes que tú.

Tampoco sabrás si le sustituirá otra persona diferente o te tocará viajar solo el resto del trayecto. Hacia tu destino, que no es poco. Pero quien no arriesga, no gana y las zonas de confort aburren. Las personas que han estado en el infierno suelen ser las más interesantes. Y sinceramente, no confío en aquellos que tratan de aparentar que nunca estuvieron allí. Es entonces cuando te entran las prisas, y miras el reloj para ver cuánto te queda antes de llegar tarde, porque el tiempo vuela.

La clave está en dejar una huella, por pequeña y efímera que sea, que constate que estuviste ahí. A veces solo basta con una sonrisa. Otras veces hasta te hablarán, aunque no tengas ganas o estés dormido. La intención es lo que cuenta.

Aunque te insistan en que no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, hay una gran belleza en nuestro caos. Admítelo. Es fascinante ver cómo transformamos nuestra locura en creatividad, nuestros vacíos en música y nuestro dolor en profecías.

La vida es desastre. Vivir supone ensuciarse, caer y perderse. Existimos para encontrar alternativas a la confusión, desorientación, tristeza y soledad que supone formar parte de un minúsculo planeta en la inmensidad del universo. Existimos para experimentarlo todo. Porque solo seremos una vez.

Y mira que somos increíbles. Aún prefiriendo lo malo conocido antes que lo bueno por conocer, en realidad, seguimos tan perdidos que no sabemos reaccionar cuando llega lo «gran peor» Pero siempre habrá otro tren que podamos coger.

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Mi CV dice de mí que voy de SEO con título en PPC y me va el SMO. Qué locura. Los desconocidos dicen de mí que rubia lista en mano es tan poco habitual que se dejan encandilar. Yo digo que Jekyll&Hyde y aquí no ha pasado nada.

3 Comentarios

  • Pedro Fabelo

    Hola, Perla.
    Tienes toda la razón: vivimos rodeados de clichés. Pero no creas que te doy la razón por dártela, como a los locos. No. De hecho, y para que veas que voy en serio, te diré que tú misma has tropezado en otro cliché al adjudicarnos a los tíos en exclusiva el típico: «No eres tú, soy yo». Vosotras también lo utilizáis. ¿A qué sí? Yo sé que sí. Y lo sé porque lo he sufrido. En vivo y en directo, como Emilio Aragón. 😛
    ¿Que jode que te lo digan? Pues sí, ¿para qué nos vamos a engañar? Pero no queda otra más que apechugar. Al fin y al cabo, nadie nos garantiza nada. Todo en esta vida es provisional, y como tal hay que aceptarlo. No es fácil. Pero es lo que hay. La vida es pura adaptación; adaptarse a lo nuevo, a lo desconocido, a lo diferente, hasta que a base de perseverancia hagamos que se convierta en lo de siempre, en lo conocido, en lo cotidiano. Pura adaptación.
    Hay quienes no se adaptan nunca, y acaban por volverse locos o por renunciar a seguir jugando. Pero los demás, la mayoría, acabamos adaptándonos a base de leches. Y es el tiempo, ese juez implacable, quien acaba por dictar sentencia, y decirnos si hemos superado la prueba con nota, si hemos aprobado por los pelos o si nos hemos llevado un suspenso como una catedral. Y para este examen sí que no valen las chuletas. Aunque sí las pequeñas trampas, las pequeñas tretas que nos ayudan a superar la prueba. Pero ya te digo yo que no compensan, no. Al final, lo que hay que hacer, es coger el toro por los cuernos y enfrentarnos al examen confiando en salir airosos del envite.
    Y para acabar, ahí va otro cliché; aunque éste, un poquitín «tuneado» (cortesía de Ángel Martín): «Al que madruga Dios le hace el mismo caso que al que no, así que despiértate a la hora que te salga de la polla». 😀
    Un abrazo, Perla. Y gracias por lo que tú sabes. Te lo agradezco de corazón. 🙂

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