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Cosas que no quiero compartir con nadie

Hasta hace bien poco vivía sin razones de peso, hacía sin pensar, me movía sin motivos. Pero después encontré mi razón de ser, ésa por la cual merece la pena levantarse cada día, mi fuente de felicidad pura particular. Y no es otra que hacer reír y ayudar a la gente. La satisfacción personal es indescriptible.

Ser feliz es un estado mental que muchas veces resulta imposible de alcanzar (dependiendo de nuestros problemas, prioridades, de la importancia que le demos a todo…) Y si da la casualidad de que no tengo a nadie cerca que pueda ayudar, es mi turno.

Hacerme feliz no es una tarea especialmente fácil, dada las exigencias que arrastro por defecto. Cuando encuentro algo que logra cambiarme por dentro y ver el mundo de otro color, sé que estoy ante algo tan especial que, egoístamente, no quiero que el resto del mundo sepa. Algo tan mío que me define como persona y que hace que yo seas yo y no otra. Mi sanctum sanctorum. Hace tiempo decidí guardar todos estos pequeños tesoros en una lista de cosas que me hacen ser y sentir feliz, que me hacen sonreír, o que me mueven por dentro. Cosas que no quiero compartir con nadie:

Uno. El libro Me before you (yo antes de ti)

Es difícil explicar cómo te sientes cuando te enteras de que uno de tus libros favoritos va para película. Es como si alguien robara una parte de mí y la expusiera al público sin mi permiso. Sorprende cuánto poder puede tener un solo libro. Y éste, precisamente, ha sido uno de mis pocos secretos guardados, uno de los lugares donde volver cuando quiero sentirme a salvo, el principio de mis veranos.

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Dos. El burrito box de Rose Street al que voy cuando me apetece saborear el mejor burrito de Edimburgo.

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Tres. Esta escena de Matar a un ruiseñor.

Cuatro. Esta canción, de la película «Once»

Cinco. Brooklyn Nine Nine, episodio tres, primera temporada. La escena en la que Terry intenta montar un castillo de juguete para sus hijas. Y en general toda la primera temporada de Brooklyn Nine Nine:

http://versandomundos.tumblr.com/post/145453278346/gargoyles42-the-fairy-princess-castle-has

Seis. Subir a lo alto de Arthur’s Seat y sentirme la reina del mundo.

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Siete. Planificar un viaje.

Siempre me ha gustado viajar sola porque es mi forma de desconectar de todo y de todos para poder conectar conmigo misma. Me gusta perderme para después poder encontrarme, rodearme de desconocidos durante un tiempo y estar a mi aire. Pero ya no es lo mismo desde que vivo en el extranjero porque no hay gente de la que evadirme. No hay familia o amigos de los que desconectar. No hay exceso de vida social de la que aislarme. Ahora mi vida en sí es un viaje indefinido en el que solo hay planes para uno. Todo lo que hago, lo hago sola. Por eso sufro el efecto contrario: querer compañía.

Planificar mi viaje a Irlanda no ha supuesto tanta satisfacción como los viajes anteriores porque si ya de por sí lo hago todo sola, voy a estar lejos de mi casa, mis compañeros de piso y de lo poco conocido que ahora conforma mi nueva ciudad. Pero en general, organizar un viaje siempre consigue sacarme una sonrisa, aunque sea porque soy yo la que decide dónde dormir, cuándo moverme y hacia dónde.

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Ocho. Danny Bhoy y sus monólogos.

Nueve. Burnistoun y su sketch sobre ascensores con reconocimiento de voz no compatibles con el acento escocés.

Diez. Granola bars.

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Mi CV dice de mí que voy de SEO con título en PPC y me va el SMO. Qué locura. Los desconocidos dicen de mí que rubia lista en mano es tan poco habitual que se dejan encandilar. Yo digo que Jekyll&Hyde y aquí no ha pasado nada.

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