cuando hablo de correr
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De qué hablo cuando hablo de correr

De qué hablo cuando hablo de correr es una novela de Haruki Murakami, uno de mis escritores favoritos. En ella cuenta su experiencia como corredor de fondo. Más que una novela, es una obra autobiográfica que recorre su vida a grandes zancadas. Cuando vi aquel título en la librería por primera vez, no me llamó la atención. Y no lo haría hasta que hubiera entendido el significado de correr como práctica habitual, cosa que llegó años más tarde. En este post encontrarás extractos de la novela, destacados en los recuadros azules.

Últimamente le he dado muchas vueltas a lo que correr supone para mí. «Ayer corrí 58 minutos.» El hecho de confesarlo en voz alta ya me parece agotador, pero los que me escuchan no se sorprenden. Ni se inmutan y hasta resulta ofensivo. Como si fuera lo más normal del mundo. Como si fuera fácil. 

Solo los que han corrido alguna vez saben que el tiempo ya no se cuenta en segundos. Lo mides en distancia, en canciones o en pensamientos. 5 Minutos pueden parecerte una eternidad. 58 Minutos son toda una vida. En ese tiempo puedes hacer prácticamente lo que quieras con tu mente. Yo me dejo invadir por pensamientos descontrolados que se agolpan unos contra otros mientras saco fuerzas de donde no las tengo para continuar. No entiendo por qué corro ni a dónde pretendo ir. Solo tengo esta maraña de reflexiones.

«En este y en otros ámbitos, no me preocupa en exceso si gano o me ganan. Me interesa más ver si soy o no capaz de superar los parámetros que doy por buenos. Y, en este sentido, las carreras de fondo encajaban perfectamente con mi mentalidad.»

Para mí, hay dos tipos de personas. Siempre dos tipos. Los termostatos y los termómetros. Los que se arriesgan y los que deciden sobre seguro. Los que no saben controlar sus emociones, y los que sí. Los corredores de fondo y los corredores de velocidad. Yo pertenezco a la primera categoría de todo. Y solo por eso, el único gran enemigo soy yo misma. Mi única competencia es la que encuentro frente al espejo todos los días. Por eso, si intentas hacerme correr x kilómetros en x tiempo, no solo acabaré con un pulmón menos, sino que necesitaré el triple de tiempo para recuperarme. Yo prefiero ir a mi ritmo, más lento o más rápido, pero a mi ritmo. Cuando salgo a correr no existe el pulsómetro, el cronómetro o el contador de kilómetros.

ORIGEN

No tendría más de 9 años. Por aquel entonces la clase de gimnasia ya se me atragantaba con fuerza. No recuerdo que hubiera logrado terminar el dichoso Test de Cooper ni una sola vez. Era una prueba de resistencia que consistía en correr la mayor distancia posible en 12 minutos. ¿Solo 12 minutos? No puede ser. La Wikipedia está equivocada. Juraría que eran 30 minutos. No parecía acabar nunca.

– Deja de quejarte y sigue corriendo, Perla.
– No puedo más, Vicente. No puedo respirar.
– Cuentitis aguda es lo que tienes. Vamos.

En el instituto me negué en rotundo a correr como una avestruz durante 12 minutos dando vueltas alrededor de un parque. Así que me las ingenié para escabullirme de los tests, escondiéndome entre los arbustos mientras mis compañeros de clase pasaban una y otra vez por delante de mí.

«Nunca he podido soportar que me obliguen a hacer lo que no quiero y cuando no quiero. En cambio, si me permiten hacer lo que quiero, cuando quiero y del modo que quiero, lo hago con un empeño superior a la media.»

Las burlas se cuelan en mi memoria. Son las raíces de mis complejos. Ahí empezó todo. Siempre vuelvo al origen para entender por qué no soy suficiente para mí.

¿Que qué pienso cuando corro? Ésto:

CRÓNICA DE 58 MINUTOS CORRIENDO

Correr es de las actividades más solitarias que hay. Si tú no te das ánimos, nadie lo hará. A nadie le importa si te rindes o lo consigues. El premio y la derrota llevan tu nombre. Llevo un rato corriendo pero todavía no me he ambientado. «Vamos, Perla. El principio es duro, ya lo sabes. Pero pronto pasará»  es lo único que se me ocurre para no pararme en seco y huir de la empinada cuesta que me espera. Quién me mandó a mí salir a correr. Peor. Quién me mandó a mí cambiarme de zapatillas justamente hoy. No siento los dedos de los pies y no llevo ni tres minutos corriendo. Ésto no va bien.

“Porque si hay un contrincante al que debes vencer en una carrera de larga distancia, ése no es otro que el tú de ayer.”

Mis recuerdos bailan con las pelusas de polen, al ritmo de Sia mientras me peleo con las canciones. Hacía tiempo que no me costaba tanto completar la distancia que he recorrido muchas veces. Y eso es lo que más me duele. Ser consciente de que soy capaz, de que lo he logrado no una, sino varias veces y aún así sentir que mi cuerpo no me responde. La primera punzada de dolor se clava en mí cuando Sam Smith empieza a cantar. Su voz me recuerda a un gallo afónico. Me crispa. Miro el reloj y en su lugar me encuentro con una muñeca vacía, iluminada por dos gotas de sudor. Claro, chica lista. No vas a salir a correr con un reloj que vale más que tú.

Pasan seis canciones. Hago mis cálculos. Eso me sitúa en mínimamente 18 minutos recorridos. Pero voy asfixiada y no encuentro culpables. Las zapatillas tienen todas las de llevarse el premio, pero el nuevo top ajustado, los pantalones piratas que no dejan de presionarme los gemelos y el maldito Pretzel que me he comido hace una hora también compiten por el puesto. «Maldito Pretzel», pensé al subir la tercera cuesta empinada.

Mis rodillas me empiezan a doler. «Estas zapatillas no funcionan«. Aunque parezca una obviedad, el calzado lo es todo cuando corres. Necesitas las zapatillas adecuadas para que dejen respirar a tus dedos, sin darles libertad para moverse, y que además acoplen a la perfección todo tu peso en cada zancada. Las zapatillas perfectas deberían poder fundirse en cualquier superficie. Yo me estoy dando martillazos contra el asfalto a cada paso que doy. Y no puedo dar marcha atrás. Parezco un avión.

Pienso en Agassi y eso me da fuerzas para dar otro paso, seguido de otro más. Últimamente es la inspiración que necesito para seguir adelante. Un tenista que odia el tenis es perfecto para motivar a una chica que odia correr.

Otra punzada de dolor se aplasta sobre mi costado derecho, atravesándome las costillas sin piedad. Flato lo llaman algunos. Putada en grado supino lo llamo yo. La buena noticia es que es uno de esos dolores que desaparecen al cabo de un rato. La mala es que necesitas alcanzar el máximo de dolor para que empiece a remitir. «No respires«, me digo.

La subida más empinada dura tres canciones. En realidad, la única bajada que hay en todo el recorrido es la que empieza en mi portal y acaba al final del parque de enfrente. El resto son subidas. Y la tentadora idea de rendirme y mandarlo todo a la mierda se me pasa por la cabeza más veces de las que me gustaría admitir. Pero sé que si paro en seco, mis músculos se calan y ya no hay quién arranque de nuevo. Me encuentro demasiado lejos de casa, y ya es muy tarde como para permitirme el lujo de parar y volver andando.

“Superarse a uno mismo o perder: no hay más opciones.”

La imagen de Agassi se me aparece de nuevo. Rescaté el capítulo de su autobigrafía en el que relata su enfrentamiento con Ivanisevic para ganar la final de Wimbledon en 1992. ¿Qué son 14 canciones corriendo en comparación con el entrenamiento diario que tuvo que sufrir él, corriendo colina arriba cerca de Las Vegas, con serpientes, en pleno desierto, durante más de dos horas? Por no hablar de la duración de un partido de tenis, que de media suele alcanzar fácilmente las 3 horas. ¿De verdad quería rendirme ahora? «No», me digo. Y sigo.

Pero esa dureza viene a ser algo así como una premisa para los deportes de esta índole. Si el sufrimiento no formara parte de ellos, ¿quién iba a tomarse la molestia de afrontar desafíos como un maratón o un triatlón, con la inversión de tiempo y esfuerzo que conllevan? Precisamente porque son duros, y precisamente porque nos atrevemos a arrastrar esa dureza, es por lo que podemos experimentar la sensación de estar vivos; y si no experimentamos esa sensación plenamente, sí al menos de manera parcial. Y, a veces (si todo va bien), podemos aprender que lo que de veras da calidad a la vida no se encuentra en cosas fijas e inmóviles, como los resultados, las cifras o las clasificaciones, sino que se halla, inestable, en nuestros propios actos.”

Vicente, lo conseguí.

 

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Mi CV dice de mí que voy de SEO con título en PPC y me va el SMO. Qué locura. Los desconocidos dicen de mí que rubia lista en mano es tan poco habitual que se dejan encandilar. Yo digo que Jekyll&Hyde y aquí no ha pasado nada.

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