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Cuatro Estaciones

Lo primero que aprendes cuando caes es que el suelo está más duro de lo que parecía a simple vista. Y en lo primero en que piensas es por qué yo, aquí, y justo ahora. Como si hubiera una buena estación para tropezar. Lo segundo que aprendes es que todas esas capas de autoconfianza y determinación de poco sirven cuando pierdes el equilibrio. Te pilla por sorpresa, y se te cae la fuerza a los pies. Y más abajo aún. Pocas cosas recuerdo con mayor nitidez que el cambio de estaciones entre estaciones. Este verano supone el fin del gran círculo que dibujamos nada más conocernos. Porque no hemos dejado de dar vueltas desde entonces.

OTOÑO

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Llegaste como el otoño, sin creértelo, tan disfrazado de agosto como ibas, luciendo sol a tu medida y olor a mar. Como las grandes sorpresas escondidas en envoltorios discretos que jamás podrían hacer justicia a lo que guardan en su interior. Adivinando a ciegas, di con un miedo que no quise ni considerar. Te descarté de la ecuación antes de aprender cómo resolverte. Porque, bueno, dicen que los engaños no sirven más que para posponer lo inevitable, pero la tranquilidad que te traen compensa la tormenta de después. Aún hoy no entiendo el punto exacto en el que la balanza empezó a inclinarse en mi contra para elevarme como la pieza de cristal número uno. Nadie, joven o viejo, fuerte o débil, sale con vida de las básculas fortuitas. Yo no iba a ser menos, por más que.

La estación más bonita del año tiene por marca personal las hojas doradas, agotadas de tantos rayos estivales. No aguantan más y se caen al suelo, como nosotros, como tú. Como yo. Pero gracias a ellas el cemento duele menos y las calles solitarias se decoran de una vida que antes no tenían. Esperamos demasiado de todo lo que damos por hecho. Hojas pisadas por cientos de huellas con historia. Zapatos que arrastran el momento exacto en que el árbol accedió a desnudarse delante de nosotros. Dónde están ahora esos pasos sin eco. Cada estación que pasa me acuerdo menos.

INVIERNO

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El invierno más cálido que recuerdo lo viví con dedos congelados de tanto aferrarse a tu mano. Ésa que prometió agarrarme fuerte para evitar tropezar. Ahora que lo pienso, nunca habló de levantarme. Nunca hubo intención de caer. No necesitabas guantes con los que protegerte. Mi piel era aval suficiente ante la locura que estabas a punto de cometer. Pero nadie me aseguró a mí contra el frío. La magia descendió sobre nosotros, como las gotas de lluvia. Pero tus palabras se evaporaron con cada bocanada de aire que transformabas en vaho.

Inspirabas seguridad en nosotros, contenías las dudas unos segundos, y expirabas tus temores más oscuros. Con ellos se fueron las ganas de combatirlos. Sin miedo, la estúpida necesidad de guardar celosamente lo que más queremos ya no tiene razón de ser. El ser tiene razones que el estar no entiende. Cualquiera que nos veía, señalaba con el dedo. «Mira, por ahí van dos que son.» Te fundías conmigo mientras fuera llovía. Bono rebotaba entre ventanilla y asiento. Pero nunca fuimos uno. Estuvimos. Compartimos el mismo espacio, sincronizamos relojes y nos creímos las etiquetas que nos ponían otros. Recuerdo el invierno como si fuera ayer. Qué ilusa fui al creer que un sentimiento cultivado en el frío podría sobrevivir al deshielo. La historia que escribimos sobre un día de invierno se derritió con la primavera. Alargamos demasiado lo inevitable.

PRIMAVERA

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Todos nuestros planes de sol se redujeron a cenizas con los primeros rayos. Recuerdo que me enamoré de la lluvia, porque me traía paz. Los «casis» dolían menos. Me asfixiaba de tanto respirar «te lo dijes». Bastante tenía con la deuda que contraje con mi razón. De nada sirvió ofrecer mi corazón roto como pago, si tú tenías el ticket en el bolsillo de tus vaqueros. No se aceptan cambios ni devoluciones. Ironías de la vida. Me enamoré de la lluvia, de su olor, del sonido de su inquebrantable determinación por empaparnos a todos, nos gustara o no. Me enamoré de la lluvia porque tú la odiabas, y ya estaba harta de dártelo todo. Por eso hoy, cada vez que llueve, algo dentro de mí se enciende de felicidad, recordándome que lo más bello y lo más imperfecto puede simplificarse en un cielo gris con agujeros azules, sensación de otoño y muchos pasos que huyen con prisa.

VERANO

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Pero, aunque no quise, tuve muchos días de sol. Todos y cada uno de ellos se parecían a la tarde en que decidiste soltar mi mano para emprender tu camino solo. Pero tuvo que llegar Junio para cambiar la perspectiva y traer a las golondrinas. Me alegro de haber hecho mío el camino que una vez fue nuestra vía de escape, nuestro secreto a voces. Nuestro desayuno, y también nuestra merienda. También me alegro de haber descubierto el puerto de La Latina, con el sonido de pescadores que no están, pero se sienten. De balcones llenos de vida, de olor a pan recién hecho. De cielos surcados por grandes barcos blancos y grises. Del sonido de los pájaros revoloteando en círculos, buscando presa por el océano de cabezas que se extendía bajo sus plumas.

Me arrepiento de no haberme construido unas alas que me devolvieran la libertad que perdí, y me conformo con correr sobre la superficie de una cinta porque no me atrevo a hacer frente a huellas ajenas sobre suelo seco. Pero, con todo, este verano ha comprendido por sí solo que hace falta más que dos estaciones para limar heridas y lamer asperezas. Que el sol está muy bien, pero en exceso cansa, quema, no suena, no huele, no impone y siempre viste del mismo color. Pronto volverá a ser otoño, y regresaré al punto de partida en la que las hojas doradas, agotadas de tantos rayos estivales se caen al suelo, como nosotros, como tú. Como yo.

Pero gracias a ellas el cemento duele menos

Curioso. Las Cuatro Estaciones de Vivaldi siempre logran elevarme al paraíso. Otra ironía de la vida. Déjame brindar contigo por todo lo que fuimos, lo que construimos, y lo que con tal maestría conseguimos destruir de un plumazo. Que parece fácil extirpar sentimientos, pero aún no se ha inventado manual de anatomía que mecanice el proceso. Parece fácil devolver una mirada con un vacío en ella tan grande que no hace falta decir nada más. Pero cómo ocultas que ya no sientes sin que arañe la superficie. No nos agradecimos lo suficiente y sobraron culpables. He necesitado cuatro estaciones para darme cuenta de que, después de todo, nunca fuiste un error. Siempre una lección.

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Mi CV dice de mí que voy de SEO con título en PPC y me va el SMO. Qué locura. Los desconocidos dicen de mí que rubia lista en mano es tan poco habitual que se dejan encandilar. Yo digo que Jekyll&Hyde y aquí no ha pasado nada.

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