Archivo,  Introspección

El sexismo y yo

Cuando era niña, mi grupo de amigos con el que pasaba horas y horas era todo chicos. Y estaba bien. Se sentía bien. Jugábamos al fútbol, construíamos cabañas sobre árboles, pasábamos horas jugando a videojuegos, viendo películas de acción. Divirtiéndonos. Pasaba de hacer los deberes. Pasaba de las barbies. Los tíos no existían para mí salvo ellos. Por aquel entonces me llamaban marimacho o conocido comúnmente ahora como Tomboy.

En el colegio era la chica más alta y grande de la clase. Y digo grande y no gorda, porque realmente no estaba gorda. Me llamaban foca monje. Lo que derivó en un avanzado desarrollo de ira, furia e insatisfacción conmigo misma que aún hoy sigue presente.

La pubertad llegó, y con ella me empecé a centrar en libros, en Star Wars y en aprobar todo lo que pudiera. Alimenté mi cerebro al máximo. Freak me llamaban. Empollona me llamaban.

En plena adolescencia empecé a comer más porque hiciera lo que hiciera, las críticas no iban a cesar y jamás sería suficiente para ninguno de ellos. Oficialmente me convertí en la fat girl, la perfecta amiga gorda que toda chica querría tener para resaltar y destacar. Nunca supuse una amenaza porque nunca conseguía que los tíos pasaran del no. Aún recuerdo ir al probador del Stradivarius y llorar cada vez que veía mi cuerpo frente al espejo. Y esa imagen mental no se va, por muchas duchas que me dé, por muchos kilos que pierda.

Aún siento un nudo en el estómago cada vez que recuerdo cómo aquel compañero de instituto señaló mis piernas y me dijo que cómo me atrevía a ir a clase en falda. Y yo lo tomé como algo normal.

En la universidad empecé a cuidarme un poco más, por mí, y me mostré tal como soy ante un grupo de desconocidos que no sabía nada de mi pasado. Me corté el pelo. Corto. Muy corto. Y no fue lo único que cambié aquel día. Mi orientación sexual también se modificó ligeramente. Ahora era lesbiana, aparentemente.

Unos años después bajé de peso radicalmente, demasiado diría yo. Todo eran cumplidos. Todo eran ‘¿cómo lo has hecho? Yo también quiero’ Desde entonces y hasta ahora me he mantenido en buena forma. Sana y fuerte, entrenando cuerpo y mente. Pero la etiqueta de rubia no me la consigo despegar desde el cambio de aspecto. Me he sentido un objeto sexual, infravalorada por mi color de pelo, por mi recién adquirida apariencia, nadie parece tomarme en serio. Al fin logro mi portada perfecta y aún así nadie quiere abrirme y ver qué hay debajo.

He jugado bajo las reglas del sexismo sin saberlo, he sido juzgada por mi físico en lugar de valorada como persona. He sido criticada por mi vestimenta, por lo que comía o dejaba de comer, por mis gustos en películas, música, por las decisiones. Por no ser como el mundo quería. Y me pregunto cuántas mujeres están pasando por lo mismo en estos momentos, sin siquiera ser conscientes de ello. Aceptando como norma la imposición de vestimenta en base al género, aceptando que es normal que te ataquen verbalmente o te juzguen por tu físico. Que que te interrumpan cuando hablas en voz alta está socialmente aceptado. Porque no. No lo está.

Somos más que una serie de etiquetas de un catálogo. Somos más que nuestros gustos, somos más que nuestras decisiones, somos mucho más que un número en una balanza, o un color de pelo. Somos más. Somos coraje, valentía, una carrera universitaria, un máster, combinar trabajo con hogar, somos mujeres, y trabajadoras, y madres )y padres en algunas ocasiones) Somos profesoras, musas, inspiración, pasión, fuerza, alegría, llanto, somos romper con los límites, somos riesgo, somos emoción en vena, somos coraje, inteligencia.

Somos amas de casa, pero también somos médicos, cocineros, astronáutas, científicas, monitoras de gimnasio, responsables de marketing, matemáticas, filólogas, arqueólogas. Somos lo que queramos ser, sin importar nuestras curvas, tallas y color de pelo. Somos auténticas.

No se han inventado etiquetas para definirte porque eres única. ¿Moraleja? Haz lo que te haga sentir bien por tus propias razones, porque el mundo siempre encontrará motivos para que quieras dejar de brillar.

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Mi CV dice de mí que voy de SEO con título en PPC y me va el SMO. Qué locura. Los desconocidos dicen de mí que rubia lista en mano es tan poco habitual que se dejan encandilar. Yo digo que Jekyll&Hyde y aquí no ha pasado nada.

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