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Esperar o arriesgar

Antes de ser conscientes de quiénes somos, nos enseñan lo que no debemos hacer, lo que no queremos hacer. Lo que no queremos ser de mayores. A quién no debemos parecernos, qué comportamientos hemos de reprimir, qué normas no escritas debemos acatar para el buen funcionamiento de los convencionalismos sociales.

No cojas la cuchara con la mano izquierda.
No pongas los codos en la mesa.
Dobla bien la servilleta.
Eso, para empezar.
Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece.
¿Dónde está Tanganika? ¿Qué año nació Cervantes?
Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.
Eso, para seguir.

¿Le parece a usted correcto que un ingeniero haga versos?
La cultura es un adorno y el negocio es el negocio.
Si sigues con esa chica, te cerraremos las puertas.
Eso, para vivir.

No seas tan loco. Sé educado. Sé correcto.
No bebas. No fumes. No tosas. No respires.
¡Ay sí, no respirar! Dar el no a todos los nos.
Y descansar: Morir.

(Gabriel Celaya)

Aceptar que dejaremos de respirar es la cura inmediata contra la dejadez de una vida sin emoción. En el metro abundan más las personas que ven la vida pasar como si la cosa no fuera con ellos, que las personas que se han despertado con ganas de exprimir las horas del día. Me he cruzado con rostros que parecían vivir la vida de otros, interpretando el papel conformista de una clase media que, a falta de coraje, está perdida.

En España faltan discursos motivadores al más puro estilo americano. Pero también faltan ganas de tachar los «pendiente por hacer» de esa lista que cada año va acumulando más y más tareas que sabes que nunca harás. Estamos tan convencidos de que viviremos para ver otro amanecer, que nos olvidamos por completo de disfrutar de esta puesta de sol. Mi vida sin mí. Lo que dejaría yo si mañana ya no estuviera:

  1. Un amasijo de miedos escondidos debajo de la cama para mantener mi caché de valiente.
  2. Un cúmulo de cuadernos llenos de fotos, comentarios y entradas.
  3. Un diario con mis pensamientos más ocultos, mis temores más inmediatos y mis reflexiones más privadas.
  4. Dos cuadernos con mis textos impresos.
  5. Muchas, muchísimas posesiones que ya no tienen valor, porque no estaré para utilizarlos.
  6. Un saco lleno de sueños y planes que quedaron sin hacer.
  7. Un grupo de amigos más bien reducido, pero que seguramente noten el vacío que he dejado en sus mundos.
  8. Una familia rota que no sabrá cómo volver a confiar en Dios después de eso.

Y a pesar de todo, mi legado no lograría tatuar mi huella en este mundo. Pasaría sin más; alguien nace, alguien muere. Otro que nace. Otro que muere. Así es la vida, acostúmbrate. Qué insignificantes somos y qué problemas tan absurdos nos oprimen el pecho. Qué pocas ganas tenemos de luchar por lo que queremos, por miedo al rechazo, al abandono, a situaciones inesperadas. Por miedo al fracaso.

No respondas al mensaje de WhatsApp hasta que hayan pasado al menos veinte minutos.
No le digas lo que sientes, no vaya a ser que le ahuyentes.
No te pongas esas medias, que pareces puta.
No te acuestes con un tío que acabas de conocer, es de rameras.
No vayas sonriendo por la calle; te tacharán de loca.
No salgas sin maquillar; nunca se sabe a quién podrás conocer.
No te muerdas las uñas.
No hables tan alto.
No hables tan bajito.
No tosas. No carraspees. No respires.
No mires fijamente a nadie; harás que se sienta incómodo.
No le pidas el número a un desconocido, quedarás como desesperada.
No hables con otros; tienes novio.
No admitas en público que has ido al concierto de los Backstreet Boys para evitar que te juzguen.
No cantes en la mesa.
No hagas tríos; es de guarras.
No entres en la iglesia con los hombros descubiertos.
No digas en voz alta lo que realmente piensas.
No cruces en rojo.
No pienses en él si ya ha acabado; ten amor propio.
No te recuestes sobre la mesa.
No cruces las piernas.
No blasfemes. No odies. No insultes. No digas tacos.
No llores en público.
No superes el límite de velocidad.
No tomes carbohidratos a partir de las siete.
No te quedes ahí tirado sin hacer nada.

Nunca entenderé las normas no escritas que coartan nuestra libertad de expresión, metiéndonos a todos en un mismo saco de incertidumbre e infelicidad que tan solo nos trae quebraderos de cabeza. Y nos cobra en tiempo que ya no volveremos a recuperar. Qué importa lo que piensen los demás si tú haces lo que te apetece. Qué importa lo que él piense si me apetece contestarle al segundo de haber recibido su mensaje.

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Nos pasamos la vida esperando. Esperando algo, un tren, una segunda oportunidad, o una primera. Esperamos el momento en el que podamos decir al fin «soy feliz», sin darnos cuenta de que la felicidad se mide en momentos, y no en estados. Esperamos una vida mejor, una casa más grande, un coche, viajar por todo el mundo. Esperamos tener una familia algún día, alguien que nos quiera, un aumento de sueldo, un trabajo que nos guste, y con un poco de suerte, evitar el cáncer, que últimamente parece estar de moda. Esperamos tener una vida que no nos molestamos en vivir. Como quien espera que le toque la lotería y ni siquiera se acerca a comprar un boleto.

Quiero hablar con él, ¿también tengo que esperar para hacer algo tan simple como eso? El tiempo es oro. Hay que arriesgar, y no esperar. La vida es corta. Cada persona es un mundo. Por qué reprimirnos el placer de hacer lo que nos apetece, ¡por una vez! Comer un helado, ir al cine, salir a cenar con fiesta incluida, tirar la casa por la ventana, montarte un viaje improvisado, comprarte ese vestido que se salía de tu presupuesto. Salir a correr, intentarlo al menos, aunque el polen se empeñe en echar por tierra todo tu esfuerzo. Atreverte y superarte. Arriesgarte a quedarte esperando (otra vez) una hora el autobús por intentar superarte a ti misma. Subir al tren equivocado solo para prolongar una conversación que no sabes dónde te puede llevar. Alistarte a un recital. Salir por la puerta sin pasar por el espejo. Guardarte los miedos por un solo día en el bolso, junto al pintalabios.

Decir todo lo que piensas sin tapujos, sin «que no, que era broma» durante unas horas. O días. Cantar en un Karaoke tú sola, frente a desconocidos borrachos que distan mucho de Risto Mejide. Cortarte el pelo cortísimo o teñírtelo de ese color que tanto te gusta. Bailar en el centro de la pista hasta que te duelan los pies. Decirle cuatro cosas a ese subnormal que centrifugó tu corazón sin miramientos. Salir sin bolso, sin planes, sin reloj. Coger la cámara, elegir una parada de metro al azar, y dejar que sea tu alma la que te guíe por instantáneas.

Yo no espero. Yo arriesgo.
Me estrello, recojo las piezas,
las ensamblo y arriesgo de nuevo.

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Mi CV dice de mí que voy de SEO con título en PPC y me va el SMO. Qué locura. Los desconocidos dicen de mí que rubia lista en mano es tan poco habitual que se dejan encandilar. Yo digo que Jekyll&Hyde y aquí no ha pasado nada.

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