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Las apariencias

Lo malo de enamorarte tarde, y de que te rompan el corazón tarde, es que has tenido más tiempo que la mayoría para soñar con un amor perfecto e idealizar en tu cabeza todas las cualidades por las que merece la pena arriesgarse. Normalmente nos damos cuenta de cómo funciona el mundo con las decepciones, los primeros golpes, los primeros «qué coño acaba de pasar». A mí me llegó tarde, y todavía me duele. Por fuera no se aprecia. Nadie lo sabe. Pero yo lo noto. Lo noto en la forma en que me protejo del exterior, contando todo menos lo que me hace humana. Abriéndome a todos con mi día a día para no tener que hablar del pasado. O peor aún, del futuro.

Hace un par de semanas fui a las mazmorras de Edinburgh con una compañera de trabajo. Era la primera vez que quedábamos fuera de la oficina, y de camino a su encuentro pensaba en mil y un temas de conversación para evitar que se sintiera incómoda. Si algo he aprendido estando aquí es que los silencios no son muy bien acogidos cuando hay gente conocida cerca.

Apenas habíamos hablado en el trabajo, pero nada más verme me dio un abrazo, y acto seguido, me cogió de la mano. Y bajamos las escaleras de las mazmorras así, con los dedos entrelazados cual amigas de toda la vida. Esta vez fui yo la sorprendida (y un poco incómoda) Me había preparado mentalmente para casi cualquier escenario, pero el contacto físico con alguien de una cultura tan diferente a la mía ni se me había pasado por la cabeza.

Lo primero que pensé es en que a lo mejor se sentía atraída por mí. Menuda estupidez. La idea de que darse la mano solo es legal si eres pareja fue una de las cosas que erróneamente aprendí por no haberme enamorado a tiempo. Pero ella me enseñó que no. Que las emociones y el afecto no solo se transmiten en una pareja. Aquel día se puso a hablar conmigo de una forma que jamás le había visto hacer con nadie.

Normalmente soy yo la que no puede callarse, pero esta vez fue ella la que pasó de ser la chica que nunca habla, a no parar. Se abrió a mí, y me contó las decepciones que se había llevado y el sentimiento de abandono que le acompañaba a cualquier parte. Me confesó que nunca había tenido una relación romántica a la que ponerle fin, pero acabar con una amistad de muchos años fue lo más duro que tuvo que hacer.

Me hundo en sus ojos y encuentro ese sentimiento de abandono del que tanto habla. Sin darme cuenta su rostro va cambiando y en cuestión de segundos mi versión más joven aparece ante mis ojos. Su soledad es mi espejo y no puedo evitar identificarme con ella. Supongo que todos los que cargamos con un vacío por dentro tenemos una marca que nos distingue de los demás. Será por eso que huyo de la luz.

Se calló para no llorar. Y es entonces cuando quise protegerla del mundo. Cómo alguien tan joven puede haberse rendido tan pronto. Cómo se lo han permitido.

Las apariencias no podían engañarme más. Ahora, después de haberla conocido, no voy por la calle de la misma forma. Me fijo en los rostros que se cruzan conmigo, las miradas perdidas, las sonrisas huecas, las carcajadas que duelen. Me fijo en mis compañeros de trabajo, en sus reacciones, sus maneras, y me pregunto si ellos también se sienten tan solos como nosotras.

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Mi CV dice de mí que voy de SEO con título en PPC y me va el SMO. Qué locura. Los desconocidos dicen de mí que rubia lista en mano es tan poco habitual que se dejan encandilar. Yo digo que Jekyll&Hyde y aquí no ha pasado nada.

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