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Línea 6

La Línea 6 es el color gris que se muerde la cola, el circular de Madrid sin principio ni fin. Diez vidas he vivido en diez paradas de esta línea eterna tan mía. «Próxima estación: O’Donnell. Correspondencia con líneas 2014, 2012 y 2007»

Vuelta

Entro en la boca de O’Donnell con el corazón en la garganta, la respiración más tímida que nunca y las mariposas del miedo en mis costillas. Estoy en el 2014, y mis sentimientos descansan en un buzón. He encontrado una valentía que creí agotada. Dos minutos después ya no estoy ahí.

Ahora a mi alrededor todo son mochilas, risas y nerviosismo por las preguntas del examen. Estoy en Manuel Becerra. En cuestión de segundos estoy a 32 grados, en un baño que no es el mío. Manu está gritando nervioso porque sus cejas no saben cómo esquivar mis pinzas. Terraza para todos, cerveza para ellos, salchichas con tomate para unos pocos y Supersalidos solo para nosotros. He regresado al 2008.

Cojo el libro que estoy leyendo y el mundo se empaña de nuevo para entrar a Diego de León, donde los porros y las conversaciones políticas nunca faltaron. Quiero ponerme cómoda, pero el metro arranca una vez más y me catapulta hasta el 2007. Recuerdo confesiones en el baño, mejillas sonrosadas por el primer amor, risa tonta de quien aún no ha sufrido y un inmenso deseo de cantar en el karaoke.

Entre canción y canción, me quedo congelada en República Argentina. No hay recuerdos aquí, pero el nombre trae otros de allí, originales. Vuelvo a Buenos Aires con el viento de primavera, el alma a punto de romper el capullo y mi sombrero rosa de 600 pesos.

Se oye un acordeón de fondo y emprendo de nuevo la marcha, parándome en la casa de mi equipo de fútbol. Qué nervios. Se entremezcla el olor a rock in río con la pulcritud de Picasso. Menudas vistas. Dignas de un buscador. Quiero acomodarme en Nuevos Ministerios. No me dejan.

Recojo mis cosas y me enfrento a las escaleras interminables de Cuatro Caminos, que me llevan al origen de todo, a la casa de mi hermana, a la camilla del dentista y a un cumpleaños ahumado. Me gusta cuatro caminos. Dejo el libro y alzo la vista para ver cuantos viajes en el tiempo me quedan antes de mi destino. Cuatro.

Guzmán El Bueno me da la mano y me ofrece Sal. Ese local que visité en 2007. Tenía el mismo corte de pelo que ahora, varios kilos de más y preocupaciones de menos. Ay, la vida universitaria. Apago la música del móvil porque quiero escuchar el acordeón, que parece no haberse percatado del salto en el tiempo. De 2007 al 2009. Metropolitano y su manía por contratarme como dj en un festival de danza. Un vídeo atestigua el paso de mi tiempo pero no quiero detenerme ahora.

Ciudad universitaria. Exámenes, primer día de clase. Y último. Suelo nevado, caos en la biblioteca, clases, cafetería y reprografía. Ascensores con espejo, moños altos y plantas de colores. Temblando en invierno. Derritiéndonos en verano, pero siempre juntos. Ya es hora de graduarse. Me despido con nostalgia y me levanto de mi asiento.

Última parada.

Trasbordo

Ahora que sé que hay una fecha de caducidad, apenas puedo mantener la concentración en un libro. Mi vista pasea por los paisajes que se desplazan conmigo. El autobús cruza la A6 camino a la sierra y yo no soy capaz de leer más de cuatro líneas seguidas sin sentir u a punzada de nostalgia mal satisfecha. Qué haces leyendo, en lugar de memorizarte todo cuanto te rodea para llevártelo cuando ya no estés. Hace tiempo que aprovechar el momento dejó de significar «libre albedrío» para mí.

En lugar de hacer lo que quiero, hago lo que mi mente necesita para sobrevivir a la separación de lo conocido. Aprovecha el momento, me digo. Aprovecha tus ojos y apréndete la luz que desprenden las montañas segovianas, no vaya a ser que.

Ida

Entré en el vagón de metro, y en lugar de colocarme enfrente, de cara a las puertas de salida, le di la espalda al resto del mundo. Saqué mi libro y me puse a leer, como si la mañana no fuera conmigo. Un niño me observaba, sin entender por qué me había colocado al revés. Espera y verás, le dije con la mirada. Volví a las páginas del libro mientras el metro empezó su marcha. En cuestión de segundos ya estábamos en la primera parada. El niño abrió mucho los ojos al ver que, de repente, el que estaba al revés era él. Las puertas del metro se abrieron ante mí para dejar pasar y salir a los primeros aventureros.

Sonreí al ver la cara de incredulidad del niño. Seguía sin entender nada. Antes de bajarse, el niño pasó por mi lado y me preguntó con una mirada si podía ver el futuro. Asentí y sonreí por respuesta. Quiso tocarme, llevarse parte de aquel don consigo, pero su madre le agarró del brazo, y desapareció de mi vista. Fue justo entonces cuando volví a creer en la magia. En la suya, por supuesto.

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Mi CV dice de mí que voy de SEO con título en PPC y me va el SMO. Qué locura. Los desconocidos dicen de mí que rubia lista en mano es tan poco habitual que se dejan encandilar. Yo digo que Jekyll&Hyde y aquí no ha pasado nada.

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