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No existe el olvido

Dejo la mirada perdida por el ventanal de la entrada. Desde aquí tengo asiento privilegiado para ver otras vidas pasar por delante. Incluida la mía. Cómo he llegado hasta aquí, sin ayuda, sin medias tintas, aún me lo pregunto. Y aún así no parece lo suficientemente lejos. Hoy me he enterado de que no existe el olvido. El viejo Bill se empeñó en alargar su whisky en mi zona de la barra y me soltó su teoría.

– Bill, tengo a otros clientes que atender.
– Espera, rubia. Ésto es importante. Escúchame bien. Todo está en nuestra mente. A veces escondido en cajas, otras veces esparcido por el suelo, y en las más, colocado sobre la mesa para que lo veas cada día. Pero no olvidas, aunque quieras.

No sé por qué, una conversación pendiente me vino a la memoria.


– He vuelto para arreglar las cosas.
– No puedes arreglar algo que terminó otra persona.
– ¿No te gusta mi nuevo look?
– Te esfuerzas demasiado en no ser tú mismo.
– Qué más da. Lo importante es el grupo, sentirse arropado, ¿entiendes?


Si supieras cuánta razón tienes, Bill. Pero no le respondí. Mira que hay gente, y caras y rostros y voces y estilos, y a mí solo me encontraba el mismo.

El bar empieza a vaciarse, al fin. No veo la hora de salir. Abro el lavavajillas para dejar que se enfríen los platos y con un trozo de tela que recuerda vagamente al paño que una vez fue, voy secando las jarras. Bill aún seguía allí, con sus mejillas encendidas. Le ocurre siempre que mezcla tres whiskys con recuerdos.

– Quiero viajar en el tiempo, Bill. Me falta orgullo para reconocerlo, y me sobra orgullo para permitírmelo. Pero el «puede ser» siempre tiene la última palabra.

Ahora puedo decirte que tomé la decisión correcta, de eso estoy seguro; sin embargo, no hay un día que pase sin arrepentirme de no haber tomado una opción diferente. (Se7en)

Se queda mirándome, removiendo el hielo de la copa, y su silencio me lo dice todo. Entiendo. Me giro para colocar las jarras bajo la hilera de botellas de alcohol, cuando escucho el enervante sonido de las campanillas. Solo podía significar una cosa. Aspiro profundamente y me vuelvo con la mejor de mis sonrisas para recibir al nuevo cliente.

– Hola.

La jarra se resbala de mis dedos y acaba estrellándose contra el suelo. No puede ser.

Se acercó un poco más, manteniendo una distancia prudencial entre la barra y yo. Bill observa en silencio. Mis manos se aferran a lo primero que encuentran para que el temblor no se note. Con el paño hecho un puño, me lanzo al abismo.

– ¿Eres tú? ¿Qué haces aquí?
– Necesitaba verte. El Skype no me entiende. Además, ya tocaba hacerte una visita.
– Sí, pero nunca pensé que lo harías. ¿Cómo me has encontrado?
– Edimburgo no es tan grande, y tu nombre no es muy común.

Él seguía hablando, pero yo ya no escuchaba. Necesitaba parar el torrente de conversaciones, fotos, llamadas y momentos que habíamos acumulado. Me estaban desbordando y no podía articular palabra. Una silla, por favor.

– ¿Entiendes lo que digo? Se acabó. Sé que debí hacer ésto hace mucho tiempo. Ya sabes cuáles eran mis circunstancias. Pero el matrimonio es algo muy serio. Simplemente…no puedo hacerlo.

Mis piernas me temblaban, porque no sabía si realmente estaba ocurriendo, o era la borrachera de otro. Le miro a los ojos y pienso en la última vez que los vi. Hace dos años, tres meses, dos semanas y algo más. Me había acompañado al aeropuerto, por si perdía el autobús y la ira me hacía perder también el avión. «Que sí, que tendré cuidado, tranquilo» fue lo último que le dije en persona.

Desde entonces todo han sido conversaciones por chat, Skype y mensajes de móvil. La última que tuvimos no mostró indicios de sus intenciones. Estaba nervioso, ¿pero quién no lo estaría semanas antes de su boda? Naufrago en el roble de su mirada. Parecía más mayor. Su mirada había envejecido, sus facciones se habían afilado, y su barba no me dejaba ver el color de sus labios. ¿De verdad eres tú? Mi cabeza iba a mil por hora, y él continuaba su discurso.

– Eres más que una amiga para mí. Y creo que ambos lo hemos sabido todo este tiempo, pero hemos preferido ignorarlo por el bien de los dos. Por lo menos, yo. Has estado ahí cuando te he necesitado. Joder, siento que todos estos años hemos hablado más de mí con ella que de ti. Nunca te has quejado. ¿Pero qué otra opción tenía? Sabes que no puedo hablarlo con nadie más. Nadie me entiende como tú. Soy un gilipollas por no haber hecho esto antes. No tengo perdón y tampoco espero nada. Ya han pasado más de cuatro años. Ni siquiera sé si sientes lo mismo.

Se calló unos instantes, y su expresión cambió por completo en cuestión de segundos. No, espera. No te pierdas ahora. Vuelve.

– ¿Sabes qué? Olvídalo. Ha sido un error. No tengo derecho a irrumpir así en tu vida, acabas de mudarte con él, vais a hacer dos años ya. No sé qué cojones estoy haciendo. No sé qué me pasa. Necesito salir a tomar el aire.

Dio media vuelta y salió fuera del bar. Bill lanzó su vaso por la barra hasta mí y su sonrisa triunfal lo decía todo.

– ¿Lo ves, rubia? El olvido no existe. Ponme la última y échame de aquí.

– Bésame, ¿capaz?
– Capaz.
– He dicho que me beses.
– Quiéreme
– Capaz
– ¿Esto es un juego para ti?
– No, es una apuesta. Me la propusiste tú.
– Pues si la hice no lo has cazado al vuelo.

(Quiéreme si te atreves)

Le serví el cuarto whiskey, y con una leve palmadita en su hombro, le di las gracias y salí por la puerta.


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Mi CV dice de mí que voy de SEO con título en PPC y me va el SMO. Qué locura. Los desconocidos dicen de mí que rubia lista en mano es tan poco habitual que se dejan encandilar. Yo digo que Jekyll&Hyde y aquí no ha pasado nada.

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