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Peter Pan

Cuando somos pequeños, no sé qué nos pasa que queremos crecer. Crecer lo más deprisa. «Quiero ser mayor, mamá» «Quiero hacer cosas de mayores, papá». Nos subimos sobre las rodillas de nuestros padres para coger el volante del coche, jugamos a las cocinitas, y a cuidar bebés como si fueran nuestros propios hijos. Nos afeitamos. Vale, ésto solo lo he hecho yo. Me afeité los labios porque quería imitar a mi padre. Y ser mayor. Pero claro. Luego no entendemos por qué el resultado no parece tan satisfactorio como lo habíamos imaginado.

Ser mayor no parece tan divertido cuando te cortas la boca por no saber cómo usar una cuchilla en condiciones, o cuando chocas con el coche por no tener los reflejos adecuados, o cuando quemas la comida porque tu muñeco/bebé se estaba meando en ese preciso momento. Ser mayor no es divertido. Ser mayor no mola. Y aún así volvíamos al ataque. Nos poníamos los zapatos de tacón de mamá, jugábamos con el bastón del abuelo, nos negábamos a que nos llamaran por diminutivos en público. Vale, esto último también es solo mío. Pero se entiende a qué me refiero.

El espíritu de Peter Pan, paradójicamente, no lo anhelamos hasta que es demasiado tarde. De pequeños desechamos ser considerados unos mocos insensatos que no saben nada. Y cuando empezamos a crecer a toda velocidad, nos damos cuenta de que la infancia fue (al menos para mí) la etapa más tranquila y relajada de mi vida. La etapa en la que pude soñar. Ésa en la que no te miran mal cuando sueltas tus ilusiones en voz alta. «Pues yo quiero ser astronauta» Yo quería ser vigilante de la playa. Y jubilada. Y actriz. Y he acabado licenciándome en Publicidad y Relaciones Públicas. Igualito.

Que yo sé que la sonrisa que se dibuja en mi cara
tiene que ver con la brisa que abanica tu mirada.
Tan despacio y tan deprisa, tan normal y tan extraño,
yo me parto la camisa… como Camarón.
Tú me rompes las entrañas.
Me trepas como una araña.
Bebes del sudor que empaña
el cristal de mi habitación.
Y después por la mañana
despierto y no tengo alas.
Llevo diez horas durmiendo y mi almohada está empapada.
Todo había ha sido un sueño muy real y muy profundo.
Tus ojos no tienen dueño porque no son de este mundo.

(Estopa – Como Camarón)

Canciones como ésa me recuerdan mi infancia. Paseando con el mar frente a mí, la cara abrasada por el sol, porque ¿quién en su sano juicio se iba a preocupar por los melanomas y las insolaciones a los 12 años? Yo no, desde luego. Estaba demasiado ocupada intentando que no se me saliera el walkman del bolsillo de mis bermudas, porque a dios gracias aún no había caído en la moda de los pantalones de campana. Aunque tampoco me libré. El mundo ha cambiado tan deprisa en tan poco tiempo que tengo una sensación extraña en el cuerpo. Siento que he vivido más de lo que me correspondería para la corta edad que tengo. Cuando somos pequeños y nos preguntan qué queremos ser de mayores, no nos paramos a pensar en que, en apenas diez años, seremos mayores de verdad. Personas mayores, como nuestros abuelos. Aquí estoy, contando mis batallitas y ni siquiera he llegado al tercio de mi vida.

Y agradezco los padres que me han tocado, que han avivado mi llama de la inocencia al máximo para que pudiera explotar toda mi etapa infantil sin dejarme nada en el tintero. Desde montar cabañas en árboles (cuando no nos matábamos en el intento) hasta crear arcos con simples ramas curvadas y un cordón de zapatilla. Coger un cuaderno y, un buen día, empezar a rimar versos para componer un rap que nunca vio la luz (a dios gracias) ¿Quién no ha imitado alguna vez a las Spice Girls? Yo era Emma, como no podía ser de otra manera.

El otro día hice el pino puente en Body Balance por primera vez en…años. Y desconocía que pudiera doblarme tanto. Me sentí hasta joven, rememorando la de veces que hacía el pino en la pared y me dejaba caer por ella con toda naturalidad. Ahora con solo pensarlo me entran los mareos. Es una pena que cuando somos pequeños estemos tan empeñados en imitar a los mayores, porque ahora soy yo la que querría copiar el espíritu, vitalidad e ilusiones de un niño. No tienen miedo a romperse la cabeza. Ellos se lanzan, hacen el pino contra la pared, les sale bien, y repiten. No se les pasa por la mente la palabra fracaso, o miedo. Miedo solo existía cuando llegaba la hora de las brujas, o el Exorcista, o Expediente X y su tétrica música. ¿Pero hacer la voltereta lateral una y otra vez? Qué miedo ni qué niño muerto.

En el momento en que pones en duda tu capacidad para volar, dejas de poseerla.

Y cuando crecemos nos perdemos gran cantidad de cosas maravillosas por miedo a perder. Curioso. Nos olvidamos que una vez tuvimos aspiraciones (casi) imposibles. Que nuestro «largo plazo» se limitaba a ver Oliver y Benji los sábados por la mañana. (Cuidado, Spoiler) Que la injusticia más grande que vivimos fue la muerte de Mufasa. ¿Por qué tuvo que morir? ¿POR QUÉ? Que dejarme las llaves en casa fue la ocasión perfecta para esperar a mis padres en la piscina mientras buscaba caracoles. ¿Qué haría ahora si estuviera en la misma situación? Ah, sí. El móvil. El dichoso móvil.

Cómo hemos cambiado en tan poco tiempo. Muchas veces me tachan de rara, de infantil e inmadura. No sé exactamente qué es la madurez, porque tampoco me considero un fruto caído de un árbol. Pero sí sé qué significa ser inteligente. Saber desenvolverse ante cualquier situación y ser capaz de resolver cualquier obstáculo, por difícil que sea, sin perder la razón por el camino. Ser inteligente siempre fue suficiente para mí. Pero no me quites las películas de dibujos animados, a Disney Pixar y la Warner Bros.

Mira que no soporto a los niños. Sobre todo ésos que no tienen educación porque sus padres han decidido delegárselo todo a los profesores. Pero cuando viene un niño y te pide un abrazo para ganar una apuesta, ¿cómo no sonreír? Cuando escuchas las respuestas de los más pequeños frente a las preguntas más complicadas, ¿cómo no admirar la simplicidad de su pensamiento y la claridad de conceptos que tienen? El bien y el mal. Lo justo y lo injusto. Lo divertido y lo aburrido. Blanco y negro.

No existen grises en el País de Nunca Jamás. ¿Quién los quiere? Con lo bonitos que son los colores chillones. Mufasa murió, a Dumbo lo separaron de su madre y Bambi perdió a la suya. Pero la bestia tuvo una segunda oportunidad, Aladdin aprendió a volar y la sirenita logró sentir la arena bajo sus pies. Encima mi Pokémon ha alcanzado el nivel 100. Toma ya. ¿Qué más podríamos pedirle a la vida?

Y mírame ahora, con las preocupaciones sobre mi espalda, la responsabilidad como carga y los golpes que te dan constantemente para que no sueñes, no te ilusiones y no seas quien quieres ser. Obstáculos que sorteamos como perfectos saltadores olímpicos para conservar un pequeño rincón de nosotros mismos. La historia interminable es el libro más bonito que te encontrarás jamás. Ahora y siempre. Te lo digo yo. Y nunca viene mal echar la vista atrás, y darnos cuenta de cómo hemos crecido por fuera. Y por dentro. Todos, menos yo. Porque nunca dejaré de ser una niña, por mucho que mi espejo diga lo contrario. Ya creceré…cuando sea mayor.

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Mi CV dice de mí que voy de SEO con título en PPC y me va el SMO. Qué locura. Los desconocidos dicen de mí que rubia lista en mano es tan poco habitual que se dejan encandilar. Yo digo que Jekyll&Hyde y aquí no ha pasado nada.

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