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Puntos suspensivos

Nunca te agradecí lo suficiente aquellas noches en las que hablábamos de todo y de nada a la vez. Los días pasaban, nuestras conversaciones a veces se desvanecían, pero siempre encontraban una manera para volver a reencontrarse. Risas, tonterías, payasadas entre mi «imagen de hielo» y tu «imagen responsable«.

Resultó que ambos perdíamos el orgullo (y la dignidad) con el polen. Tiene gracia. Nunca te agradecí lo suficiente todo lo que has hecho por mí. Últimamente ya no te veía. Estabas ahí, pero no estabas. Decías palabras que, en realidad, no pensabas. Y mira que me gusta cuándo sacas esa vena tuya y me sueltas esas cosas que no sé ni de dónde las sacas. No. Estabas ahí pero yo ya no te sentía. Cuánto te había echado de menos; tenía que hacértelo saber. Por cualquier medio, me faltaba algo.

No soy vengativa, y creo que a estas alturas ser rencoroso es otra cosa. Pero me he sentido apartada por ti. Como siempre había sucedido. Tú crecías como persona, ampliabas tu círculo de amigos, y te olvidabas. De mí. Ya pasó una vez. Y no tenía fuerzas ni ganas para volver a reencontrarme con lo mismo. No contigo. Porque no entiendes. Nunca has entendido. Lo ves todo de una forma tan diferente. Las cosas que para ti son insignificantes, para mí son detalles que marcan la diferencia, y hablan por sí solos. Pequeños retazos de algo que no solemos decirnos todos los días. O que yo te decía alguna que otra mañana para hacerte sonreír.

Sentirme tan incomprendida pasa factura; me satura. Todo lo que quiero decirte se me acumula. Y se me mezcla con la impotencia. Todo eso siempre deriva en el mismo camino: enfados caducados. No me siento culpable por lo que te dije porque era lo que pensaba, lo que sentía en ese momento. No sabes lo que es preocuparte por alguien y ver que esa persona no se preocupa por ti ni una décima parte. Sí, a lo mejor estoy equivocada, e interpreto todo de una forma que no es la adecuada. A lo mejor es cierto, y me quieres. Un poquito. Quién sabe. Pero yo no soy adivina, y tampoco me guío por las palabras si ambos sabemos que, cada dos por tres, están interrumpidas.

Gestos. Los que has tenido muchas veces, nunca los olvidaré. ¿Te los he agradecido? Que vinieras a buscarme después de tanto tiempo.. vaya. Nunca me lo habría imaginado.

¿Sabes qué pasa? Que cuando vienes y me sueltas todas esas confesiones a medianoche, yo me las creo. Me creo todos los cumplidos que me regalas. Pero luego tus palabras no guardan relación con tus actos. O seré yo que espero otra cosa, no lo sé. Sinceramente, siempre he creído que no me necesitabas. No soy imprescindible en tu vida, voy y vengo. Discutimos, dejamos de hablarnos, no sé. Siempre he tenido la sensación de que me ponías a prueba constantemente; de que tenía que mostrar mi valía si no quería perder tu interés hacia mi persona, hacia mí, si no quería perder tu amistad o tu conversación y acabar siendo una de tantas.

Cuánta presión. Me sentía como el día nublado entre tantos soles que te rodean, el producto defectuoso, la «amiga a veces«, la que en verdad no vale nada. Creo que eres la única persona que me ha hecho sentir inferior sin darse cuenta. Siempre me has parecido superior a mí, a todos. Con tu «a mí todo esto me resbala«, o tu «mírate, te enfadas por chorradas»

Sí, pero son mis chorradas, son cosas que me importan a mí, aunque para ti no valgan nada. Que vengas y me digas cosas bonitas, y ver que tratas exactamente igual a todas las demás, no. No me hace sentir especial. No me hace sentir nada. Pero eh, oye, no pasa nada. A lo mejor es culpa mía. Siempre te he tenido en un pedestal.

No sé hasta qué punto eres tú el culpable, y hasta qué punto soy yo la que tiene que cargar con responsabilidades. Puede que quizás por eso esté escribiendo todo ésto. Siempre tuve claro que la comunicación resuelve todos los problemas; que lo que no se dice es lo que más duele. Pero contigo es mejor callar y fingir que no pasa nada. Porque ya sabemos cómo acabamos si me pronuncio en voz alta.

Todo lo que pienso, todo lo que digo, todo lo que hago, lo hago por algo. Por un motivo de peso. Y me duele mucho ver que alguien que me importa tanto es tan incompatible conmigo, incluso para una amistad. Duele mucho. Pero eso no significa que me importes menos.

Dudo mucho que llegues a leer esto alguna vez. No sé si deberías tomártelo como una disculpa, como una despedida o como una nota aclaratoria a pie de página. Porque ni yo misma sé qué significa todo ésto. Como ya te he dicho antes, no soy adivina.

Has compartido conmigo muchos momentos, sabemos muchas cosas el uno del otro, y la verdad es que si ésto es un adiós, me gustaría darte las gracias por todo lo que has sido por y para mí. Por todos los buenos momentos, las faltas de ortografía, los motes extraños, las anécdotas de clase, los días nublados y los soles mañaneros. Por ir a Roma, o a Venecia, o a cualquier otra parte con tan solo cerrar los ojos y dejar volar la imaginación. Por esas canciones que dicen más que nosotros mismos. Por esos combates verbales que nos gastábamos para ver quién tenía la última palabra y no perdía el caché por el camino. Me dejabas ganar muchas veces, que lo sé yo.

Una vez te di las gracias por existir, creo que repetirlo no será necesario porque mantengo lo dicho. Y, sobre todo, gracias por haber estado en mi vida. Seguramente nunca lleguemos a entendernos, somos así, demasiado diferentes, demasiado cabezotas y orgullosos. Somos muy nosotros. Te quiero, y creo que siempre lo haré. No se me olvidará esa frase, para nada. Merece la pena recordarla como uno de los buenos tiempos, como lo llamas tú. Creo que se me han acabado las quejas, y las gracias.

Supongo que te deseo todo lo mejor, eso por descontado. Conseguirás todo lo que te propongas, y con la tenacidad y constancia que tienes (estudiar en la biblioteca ocho meses antes de los exámenes bien sirve como prueba) llegarás a donde tú quieras. Sí,  definitivamente todo suena a despedida. De entre las personas que me importan, eres sin duda la única con la que me entiendo y no me entiendo. Una relación intensa. Cuando estamos bien, no hay nada que pueda superarnos. Pero cuando estamos mal, estamos realmente mal. Extremos opuestos. Perdona, me voy por las ramas.

Una vez más, gracias. Puntos suspensivos.

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Mi CV dice de mí que voy de SEO con título en PPC y me va el SMO. Qué locura. Los desconocidos dicen de mí que rubia lista en mano es tan poco habitual que se dejan encandilar. Yo digo que Jekyll&Hyde y aquí no ha pasado nada.

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