emma watson
Archivo,  Introspección

De cómo me enamoré sin saberlo

Y otra vez me toca decir adiós. Sé que todo acaba, que lo que empieza, termina. Que estamos tan limitados como nuestros miedos quieran. Que nada dura. Todo eso lo sé. Y aún así, tras incontables despedidas, duele como si fuera la primera vez. No puedo culpar al protagonista. Solo puedo señalar al parque de atracciones que tengo por corazón ahora mismo. Siento demasiado, demasiado rápido. Como un volcán en erupción, exploto cuando alguien se digna a tocarme el epicentro, o al menos intenta acercarse lo suficiente como para quemarse.

Tú lo hiciste, y me doy cuenta ahora. Ahora, joder. Ahora que ya no estás. Mañana es primero de mes, primer día de agosto, festivo y también nuestro primer día sin ti. Y hay tantas cosas que me habría gustado decirte. Pero si ni siquiera sabía que me habías calado tan hondo.

He vuelto a sentir algo. No sé si en mis costillas, en mi estómago o en mi garganta. Pero he sentido algo parecido a una brisa calurosa de verano con tan solo pensar en ti, o en cualquier cosa que forme parte de ti. Tu marca de cereales me hace sonreír como una tonta cuando los veo en el supermercado (¿tiene algún sentido?) De no ser por ti probablemente nunca los hubiera probado. Pienso en todos los contras y echaría el freno aunque no haya carretera por dónde acelerar. Pienso en lo lejos que has llegado, en lo diferente que eres del resto, en lo especial que eres, y me entran ganas de presentarme en tu puerta y pedirte que no te alejes nunca más. Excusas baratas de una cobarde acomodada, así me llamo.

Creo que me estoy enamorando de una necesidad. Ya no sé distinguir entre carencias emocionales y mariposas. Y todo me pasa cuando ya no puede pasar nada. Necesito contárselo a alguien, pero no hay nadie online. Se nos ha acabado el tiempo, y la falta de ocasiones no me dejan tragar con propiedad. Aún no he visto la silla vacía y ya te echo de menos. Lo sé, créeme que lo sé. He tenido meses suficientes para dejar de ser una más y sobresalir. Pero no me importabas tanto. Supongo que daba por hecho que siempre estarías ahí. Ahora oigo tu nombre hasta en canciones que no tienen nada que ver con lo que eres y estás.

Puedo sentir cómo minuto a minuto las oportunidades se van desvaneciendo para dar lugar al recuerdo. Te estás convirtiendo en recuerdo, poco a poco, y no puedo hacer nada. No sé si quiero porque ya no puedo, o realmente tengo un problema emocional que resolver de aquí a cuando ya no necesite un centro al que concentrar mi amor. El propio, el que tengo, el que me queda, el que se está acabando porque no consigo fabricar más.

El viernes por la mañana me vestí pensando en mil cosas menos en ti. El sábado por la mañana no podía pensar en otra cosa, salvo en ti. Qué me está pasando, y por qué me resulta tan incómodo. No quiero echarte de menos, pero casi que nos hemos jurado un plan eterno en Madrid que no sucederá en un medio plazo.

He hecho todo lo posible por meterle prisa al destino tras taponarle sonoramente con una de mis excusas. «Lo siento, ya elegiste» parece decirme, porque lo que yo quería y lo que obtuve no fueron de la mano. Pero lo intenté.

Dime ahora quién le hará fotos a mi té por las mañanas, o intentará practicar su español a palabras sueltas en los momentos más insospechados. Dime ahora quién se dará cuenta de que existo en esa oficina, porque has tenido que irte para darme cuenta de todo lo que importa. Y todo me pasa cuando ya no puede pasar nada.

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Mi CV dice de mí que voy de SEO con título en PPC y me va el SMO. Qué locura. Los desconocidos dicen de mí que rubia lista en mano es tan poco habitual que se dejan encandilar. Yo digo que Jekyll&Hyde y aquí no ha pasado nada.

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